
Durante semanas el verano se ha resistido a marcharse. Octubre en el calendario, treinta grados en el termómetro y los niños todavía en manga corta. Hasta que, de repente, una mañana abres la ventana y descubres que llueve, hace fresco y alguien pronuncia la temida frase: «Papá, necesito una sudadera». Y así, sin previo aviso, queda oficialmente inaugurada la Operación Otoño.
Cambio de armario: comienza la expedición
El primer paso consiste en localizar la ropa de invierno, guardada hace meses en algún lugar que entonces parecía perfectamente lógico. Aparecen cajas, bolsas y prendas cuya existencia habíamos olvidado. Empieza el desfile: «Pruébate esto». Mangas por el codo. Pantalones por encima del tobillo. Zapatillas que misteriosamente han encogido dos números durante el verano. En una familia numerosa, el cambio de armario no es una tarea doméstica: es una auditoría textil.
Luego llega el uniforme de invierno. Hay que comprobar pantalones, polos, jerseys, zapatos... y descubrir qué se puede reutilizar, qué puede pasar de un hermano a otro y qué necesita jubilación inmediata. Durante unos días el salón parece el almacén de un colegio: montones con nombres, tallas y destinos diferentes. Y siempre aparece una prenda completamente nueva que compramos el año pasado «para cuando creciera» y que, naturalmente, ahora ya le queda pequeña.
Lluvia, mocos y otros clásicos del otoño
Y por si cambiar de ropa fuera poco, llega la lluvia. Paraguas para todos, chubasqueros, mochilas mojadas y la maravillosa experiencia de meter a cinco personas empapadas dentro de un coche. El paraguas que salió de casa nunca es el mismo que vuelve, y siempre hay alguien que asegura que no necesita abrigo justo cinco minutos antes de empezar a tiritar. Mientras tanto, los padres consultamos la aplicación del tiempo con más frecuencia que el correo electrónico.
Y con el otoño llega también otro clásico familiar: la temporada oficial de mocos, toses y virus varios. Basta con que uno vuelva del colegio diciendo «me pica un poco la garganta» para que empiece la cuenta atrás. Primero cae uno, después otro, luego mamá, luego papá y, cuando el primero ya está perfectamente recuperado, empieza una segunda ronda. En una familia numerosa los virus no se contagian: se comparten, como casi todo lo demás. Y conseguir que haya un solo paquete de pañuelos disponible para todos puede convertirse en una cuestión de supervivencia.
Cambia el tiempo, pero la agenda no
Pero el otoño tampoco consigue detener la agenda familiar. Hay entrenamientos, cumpleaños, partidos, comidas, reuniones, excursiones y planes de fin de semana que siguen adelante aunque fuera esté cayendo el diluvio universal. Así que empieza otro deporte familiar: reorganizar sobre la marcha. El plan del parque se convierte en cine, la terraza pasa a ser comida dentro y ese paseo que parecía estupendo acaba sustituido por una tarde de juegos en casa. Con varios hijos, cancelar un plan nunca significa quedarse sin plan: significa encontrar otro en menos de diez minutos.
Y en medio de todo este caos hay algo que también nos gusta del otoño. Vuelven las tardes de película, las mantas en el sofá, el chocolate caliente, las cenas calentitas y esos domingos de lluvia en los que, por una vez, nadie tiene demasiadas ganas de salir. La casa vuelve a convertirse en el centro de operaciones y estar todos juntos empieza a apetecer un poquito más.
Así que sí: echaremos de menos el verano, las vacaciones y salir de casa sin pensar qué tiempo va a hacer. Pero el otoño también tiene su encanto. Solo necesitamos superar el cambio de armario, comprar tres sudaderas, dos pantalones, unos zapatos, encontrar cinco paraguas y conseguir que nadie pierda el suyo durante la primera semana. Después de eso, disfrutar del otoño debería ser facilísimo.
Y vosotras, familias de Fanumadrid: ¿Cómo lleváis vosotros la entrada de otoño, las lluvias, los virus..? ¿Cuál es vuestro secreto para sobrevivir y reinventarse? ¡Dejadnos vuestros trucos en los comentarios, los estamos esperando!